Hay un momento delicado en la trayectoria de cualquier artista formado dentro de una tradición poderosa: aquel en el que debe decidir cuánto conserva de lo recibido y cuánto se permite transformar.
Naike Ponce parece haber dejado atrás esa pregunta hace tiempo.
Su nuevo álbum, Bicho Malo, ha recibido el Premio Latino 2026 al Mejor Álbum Flamenco Pop. Es una categoría que describe bastante bien el territorio musical del disco, aunque solo hasta cierto punto.
Porque aquí flamenco y pop no son dos mitades pegadas entre sí.
Ponce viene de Sanlúcar de Barrameda y de una formación flamenca rigurosa. Comenzó muy joven, estudió con La Sallago, continuó su aprendizaje en la Fundación Cristina Heeren y pasó por la escuela del escenario mucho antes de que la palabra “crossover” se convirtiera casi en una obligación para presentar cualquier nuevo proyecto musical.
Precisamente por eso Bicho Malo puede permitirse la libertad.
El álbum, publicado en junio por Zamara Music, contiene apenas ocho canciones. Gaizka Baena construye alrededor de la voz una producción en la que aparecen sintetizadores, guitarras eléctricas, pop, neo-soul y algunos rastros de trap.
Pero el centro de gravedad no se mueve.
El cante sigue ahí.
Y hay otro elemento que mantiene el disco unido al mundo del que procede la artista: las otras voces.
En “Dime Tú” aparece Estrella Morente. En “Qué Bonita Eres”, Ángeles Toledano. En “La Otra Mitad De Mí”, Carmen y María. Son colaboraciones que dicen quizá más sobre el rumbo del álbum que cualquier etiqueta de género: mujeres y generaciones distintas del flamenco puestas en una misma conversación.
Naike Ponce ya había vivido un importante momento de reconocimiento internacional. En 2020, Vivir fue nominado al Latin Grammy al Mejor Álbum de Música Flamenca. No ganó —el premio fue para Antonio Rey—, pero aquella nominación confirmó que su trabajo ya no podía contemplarse únicamente desde la escena andaluza.
Bicho Malo llega seis años después y quizá dice algo más.
No porque sea “más moderno”.
En música, la modernidad envejece deprisa.
Lo interesante es que Naike Ponce no parece preocupada por escoger entre pureza y contaminación, dos palabras que han perseguido al flamenco cada vez que este ha salido de la forma considerada tradicional.
Canta.
Y el resto de la música se mueve a su alrededor.
El premio recibido en Madrid en 2026 confirma el éxito de una fórmula. Pero la verdadera apuesta del disco está en otro lugar: en una artista formada rigurosamente dentro de una tradición que, precisamente por conocerla bien, puede permitirse no convertirla en un museo.
El flamenco ha sobrevivido siempre cambiando.
Bicho Malo no hace más que continuar esa conversación.
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