Lo conocí en Barcelona, durante los días en que me encontraba allí con el proyecto de jazz y teatro The AfterSound. Ya no recuerdo cuál fue nuestra primera frase ni el lugar exacto donde nos estrechamos la mano. Sin embargo, recuerdo al hombre. A veces, esa es la señal más segura de que un encuentro ha sido importante.
No todas las amistades comienzan con un momento espectacular. Algunas no tienen una escena inaugural que la memoria pueda reconstruir con precisión. Se forman a partir de conversaciones, del tiempo compartido, de una cercanía que se instala sin sentir la necesidad de anunciarse.
Así comenzó, para mí, la amistad con Frank Durand.
Estaba en Barcelona con The AfterSound, un proyecto en el que el jazz y el teatro no se acompañan cortésmente, sino que modifican mutuamente su ritmo, su significado y su tensión. Alrededor de un espectáculo así se encuentran personas muy diferentes: artistas, músicos, amigos, personas que llegan por lo que sucede en el escenario y permanecen por aquello que ocurre después.
No recuerdo a Frank entrando en esta historia. Lo recuerdo ya dentro de ella.
Fuera del escenario, tiene una presencia distinta de la energía que genera en la batería. Es atento, natural y está libre de esa necesidad de convertir cada conversación en una prolongación de la propia carrera. No lleva su música como una credencial ni parece preocupado por demostrarte quién es.
Te concede el tiempo necesario para descubrirlo.
En el mundo de la música, donde las personalidades fuertes van acompañadas en ocasiones por egos de dimensiones similares, esta discreción no supone una falta de fuerza. Al contrario. Es la seguridad de quien no necesita ocupar toda la habitación para hacerse presente.
Con Frank mantuve una de esas conversaciones que no permanecen en la memoria gracias a una frase memorable. Hoy no podría reproducir las palabras exactas, ni deseo reconstruirlas artificialmente. Sin embargo, recuerdo la rara sensación de estar hablando con alguien que escuchaba de verdad.
Tal vez esa cualidad explique también al músico.
Un baterista puede ser juzgado fácilmente por su velocidad, su fuerza, su precisión o la complejidad de sus ritmos. Todo ello está presente en la música de Frank Durand. Su formación cubana, su experiencia en el jazz contemporáneo, el funk y las estructuras afrocubanas convergen en un lenguaje rítmico de enorme movilidad.
Pero lo que lo singulariza no es únicamente aquello que puede tocar.
Es la manera en que escucha antes de intervenir.
En la batería, Frank no trata el ritmo como una estructura fija sobre la que los demás músicos deben situarse. Lo transforma en un organismo vivo. Puede impulsarlo, hacerlo retroceder, desplazar su centro de gravedad o crear, en una fracción de segundo, el espacio necesario para un solo.
Hay bateristas que empujan al conjunto desde atrás. Frank Durand parece encontrarse simultáneamente dentro y alrededor de él. Sostiene la música, pero también la observa. Le ofrece una dirección sin reducir su libertad.
Esta es una forma de inteligencia musical que no siempre resulta visible de inmediato. El público puede sentirse atraído por la trompeta, la voz o el piano, por una línea melódica que le resulta más fácil seguir. Sin embargo, detrás de ellos, la batería organiza el tiempo. Decide cuánto puede prolongarse una tensión, cuándo debe abrirse una dirección diferente y cuánta libertad pueden permitirse los demás sin que la música se desmorone.
Frank hace todo esto sin convertir cada pieza en una demostración personal.
No toca poco. Toca exactamente lo que la música exige.

Volví a encontrarme con él en Madrid, en Recoletos Jazz, durante las tres noches dedicadas al proyecto The Latin Jazz Nights by Carlos Sarduy. Esta vez ya no era el hombre al que acababa de conocer en una ciudad extranjera, alrededor del proyecto The AfterSound. Era un amigo al que reencontraba en otro lugar y en otro momento de nuestro recorrido.
Sobre el escenario, junto a Carlos Sarduy Dimet, Cecilia Krull, Marco Poingt, Dany Noel y Reinier Elizarde, “El Negrón”, Frank fue una de las fuerzas que mantuvieron la música en movimiento.
En un conjunto así, la batería no puede limitarse al acompañamiento. La trompeta de Carlos Sarduy desafía constantemente a la música, la lleva hacia la intensidad, la fractura y vuelve a reconstruirla. Para que esa libertad no se transforme en desorden, se necesitan músicos capaces de anticipar sin limitar y de sostener sin imponer.

Frank Durand posee esa capacidad.
Entre él y Carlos existe un entendimiento que no necesita ser explicado al público. Se escucha. Un cambio de intensidad, una frase lanzada por la trompeta, un desplazamiento rítmico, y la respuesta llega inmediatamente. No como una reacción mecánica, sino como una idea propia.
En el jazz, el verdadero diálogo no consiste en que cada músico responda por turnos. Consiste en que nadie sepa con certeza quién inició el cambio.
En Recoletos, Frank tocó con la precisión de quien conoce perfectamente la arquitectura de una pieza, pero también con la libertad de quien está preparado para abandonarla durante unos instantes. Su ritmo conservaba la memoria de la música cubana sin convertirla en una fórmula repetida. La polirritmia no era un signo exterior de sus orígenes, sino una manera de crear tensión, movimiento y sorpresa.
Es fácil hablar del “pulso latino” al describir conciertos semejantes. La expresión se ha utilizado tantas veces que corre el riesgo de dejar de significar algo. En el caso de Frank, el pulso no es un color añadido al jazz. Es la manera en que la música piensa y respira.
El reencuentro de Madrid me permitió escucharlo de otra forma. No solamente como un espectador atento a un baterista excepcional, sino como un amigo que comenzaba a reconocer en la música algunos de los rasgos del hombre conocido fuera del escenario.
La misma atención. La misma ausencia de ostentación. La misma disposición para estar presente sin ocupar innecesariamente el espacio del otro.
Quizás no siempre exista una continuidad semejante entre el hombre y el músico. A veces, el escenario inventa una personalidad completamente diferente. En el caso de Frank Durand, la diferencia no es de sustancia, sino de intensidad. En una conversación, escucha antes de responder. En la música hace exactamente lo mismo, solo que su respuesta pasa por los tambores, los platillos, los silencios y los cambios de ritmo.
La amistad con un músico ofrece un privilegio, pero también impone una responsabilidad. Permite verlo más allá de los aplausos, aunque obliga a evitar la tentación de convertir la cercanía en un elogio desmedido.
No escribo sobre Frank para afirmar que es una persona extraordinaria porque es mi amigo. Escribo sobre él porque la amistad me ha permitido observar con mayor claridad la relación entre su carácter y la música que crea.
En Barcelona, alrededor del proyecto The AfterSound, conocí al hombre.
En Madrid, en Recoletos Jazz, volví a escuchar al músico.
Entre ambos encuentros no existió ninguna contradicción. Solo la confirmación de que, a veces, el ritmo más importante no es el que atrae inmediatamente la atención, sino aquel que ayuda a los demás a ser más libres.
Los conciertos terminan, las ciudades quedan atrás y la música improvisada no puede recuperarse exactamente en la forma en que existió.
Pero la amistad conserva algo diferente: al hombre detrás del instrumento y la conversación que continúa mucho después de que el escenario haya quedado vacío.
Andrei Slăvuțeanu
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