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marți, noiembrie 3, 2026

Marco Poingt y Carlos Sarduy: una conversación que continúa en Calypso

El 16 de julio, en Recoletos Jazz Madrid, el piano de Marco Poingt y la trompeta de Carlos Sarduy no funcionaron como dos voces colocadas una junto a la otra, sino como dos formas distintas de imaginar una misma música. Había conocido a Marco antes del concierto. Después de la última nota, tuve la sensación de haberlo conocido de nuevo.

A veces, un concierto no se limita a presentar la música de un artista. También anuncia lo que está por venir.

La noche del 16 de julio, en Recoletos Jazz Madrid, la colaboración entre el pianista francés Marco Poingt y el trompetista cubano Carlos Sarduy tuvo precisamente esa cualidad. No parecía un encuentro concebido para una única actuación, ni una asociación espectacular construida a partir del contraste entre dos personalidades musicales diferentes.

Se escuchaba que entre ellos ya existía una conversación.

El álbum Calypso, que Marco Poingt lanzará junto a Carlos Sarduy, dará a esta colaboración una forma discográfica. En Recoletos, sin embargo, pudimos asistir a su forma viva: cambiante, arriesgada e imposible de fijar por completo.

Había conocido a Marco antes del concierto.

Hay músicos que empiezan a interpretar su personaje artístico incluso antes de subir al escenario. La voz, los gestos y la conversación se convierten en prolongaciones de su imagen pública. Marco Poingt no transmite esa impresión.

Fuera del escenario es directo, abierto y ajeno a cualquier solemnidad. No parece creer que cada encuentro deba transformarse en una conversación trascendental sobre la música. Tampoco lleva su formación, su experiencia y sus proyectos como argumentos que necesiten ser expuestos de inmediato.

Esa naturalidad podría hacer pensar en un artista espontáneo, guiado sobre todo por la intuición. El concierto demostraría, sin embargo, cuánta disciplina sostiene su libertad.

Cuando Marco se sienta al piano, cambia su relación con el tiempo.

La conversación cotidiana deja paso a una concentración que no tiene nada de rígido. Sus manos no se limitan a buscar los acordes correctos, y el piano nunca queda reducido a la función de preparar las entradas de la trompeta. Se convierte en un espacio donde la música puede organizarse y, un instante después, volver a ponerse en duda.

Marco Poingt tiene la formación de un pianista que conoce la disciplina de la construcción. Se percibe en la claridad de sus frases, en el control de la dinámica y en la forma de sostener un tema incluso cuando la improvisación parece alejarlo de su punto de partida.

Pero esa disciplina no lo mantiene cautivo.

La utiliza para poder arriesgar.

En el diálogo con Carlos Sarduy, esta cualidad se hace visible de inmediato. Carlos es un músico capaz de cambiar la temperatura de una pieza en cuestión de segundos. Su trompeta no entra tímidamente en un espacio preparado por los demás. Lo transforma.

A veces ataca de frente, con una energía que obliga a reaccionar a todo el conjunto. En otros momentos reduce el sonido hasta que unas pocas notas parecen mantener la pieza entera en suspenso.

Ante una fuerza semejante, un pianista podría optar por refugiarse en un papel seguro o entrar en una competición de intensidad.

Marco no hace ninguna de las dos cosas.

Cambia la arquitectura de la música.

Cuando la trompeta acelera la tensión, el piano no intenta superarla. Construye otro recorrido. Cuando Carlos deja una frase abierta, Marco no la completa de manera mecánica, sino que modifica su sentido. Cuando el piano introduce una idea nueva, la trompeta la recoge sin imitarla.

La relación entre ambos no es la de un solista y su acompañante.

Es una negociación continua entre dos líderes musicales que no sienten la necesidad de establecer a cada momento quién está al mando.

En el jazz existen colaboraciones basadas en la semejanza. Los músicos comparten la misma tradición, la misma estética y casi el mismo vocabulario. En otros casos, el valor aparece precisamente en la diferencia.

Marco Poingt y Carlos Sarduy llegan a la música desde territorios distintos.

En el piano de Marco se escuchan la formación clásica, el jazz contemporáneo, la experiencia de la fusión y el interés por lenguajes musicales que desbordan una única geografía. En la trompeta de Carlos están la pulsación cubana, la complejidad rítmica afrocubana, la libertad del jazz y una energía escénica difícil de separar de su personalidad artística.

En Recoletos, ninguno de los dos intentó ocultar su origen musical para crear una zona neutral de encuentro.

Al contrario, la diferencia se convirtió en la materia misma del concierto.

Esa es también la promesa que encierra Calypso.

El título sugiere una música en movimiento, desplazándose entre espacios culturales y ritmos que no pueden atribuirse a una sola tradición. Pero el proyecto no debería entenderse mediante la fórmula demasiado cómoda de la «fusión».

En la música superficialmente híbrida, los estilos pueden reconocerse por separado: algo de jazz, un color latino, algunas armonías clásicas y cierta energía procedente del rock. Los elementos conviven, pero no se transforman entre sí.

En la colaboración entre Marco y Carlos, el encuentro es más profundo.

El piano no permanece igual después de entrar en diálogo con la trompeta. La trompeta no sigue su camino sin dejarse influir por el espacio armónico creado por el piano. Cada músico obliga al otro a responder en un lenguaje que le pertenece, pero que no habría utilizado de la misma manera estando solo.

De ahí nace la sensación de estar escuchando música viva.

No asistimos a la ejecución impecable de un concepto, sino a una relación que se construye ante nosotros.

Los conciertos de jazz suelen describirse a través de la virtuosidad, la energía y la improvisación. Todo ello estuvo presente aquella noche. Pero lo más interesante no fue la actuación individual de los dos músicos, sino la confianza que existía entre ellos.

Un músico arriesga de otra manera cuando sabe que su compañero de escenario comprenderá su intención.

Puede abandonar una frase antes de terminarla. Puede cambiar de dirección sin ofrecer una advertencia explícita. Puede dejar que el silencio dure un poco más de lo que resultaría prudente. Puede provocar, con la certeza de que la provocación no quedará sin respuesta.

Esa confianza no puede fabricarse para un concierto.

Surge del tiempo compartido, de los ensayos, de los proyectos comunes y, probablemente, de muchos momentos en los que la música no funcionó a la primera y fue necesario encontrar otro camino.

El público no ve esa historia.

Pero la escucha.

Después del concierto, volví a encontrarme con Marco.

Evidentemente, era el mismo hombre al que había conocido antes de que comenzara la música. La misma forma abierta de hablar, la misma ausencia de teatralidad y la misma naturalidad.

Sin embargo, mi perspectiva había cambiado.

Antes del concierto había conocido su presencia. Después del concierto conocía también su forma de pensar musicalmente: la disciplina sin rigidez, la libertad sin desorden y la capacidad de construir junto a una personalidad artística tan poderosa como Carlos Sarduy sin retirarse y sin tratar de dominarla.

A veces, la música no revela una identidad diferente de la persona.

Simplemente la vuelve más precisa.

En el caso de Marco Poingt, el piano muestra aquello que la conversación deja en segundo plano: la concentración, la curiosidad, la inteligencia de la relación y el deseo de ir más allá de la primera solución posible.

El concierto del 16 de julio en Recoletos Jazz tuvo vida propia y terminó con la última nota. El álbum Calypso llevará más lejos el diálogo entre ambos músicos y lo hará accesible a un público más amplio.

Pero un álbum y un concierto no conservan lo mismo.

El disco puede fijar las composiciones, el sonido y el universo artístico del proyecto. El concierto conserva el riesgo: la posibilidad de que, en una noche determinada, la música tome una dirección que ni siquiera los artistas conocían por completo antes de subir al escenario.

En Recoletos, Marco Poingt y Carlos Sarduy construyeron precisamente una noche así.

No dos mundos musicales presentados en paralelo.

Un mundo nuevo, creado entre ambos.

Andrei Slăvuțeanu

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