Tres noches en Recoletos Jazz Madrid mostraron no solo el virtuosismo de uno de los grandes trompetistas del jazz latino contemporáneo, sino también su capacidad para transformar cada concierto en un mundo provisional. Para mí, el encuentro tuvo además una dimensión personal: Carlos Sarduy es mi amigo y mi compañero artístico en el proyecto de jazz y teatro The AfterSound.
Hay músicos a los que reconoces por su sonido y músicos a los que reconoces por la manera en que cambian el aire de una sala.
Carlos Sarduy pertenece a la segunda categoría.
Durante las tres noches de The Latin Jazz Nights by Carlos Sarduy en Recoletos Jazz Madrid, su trompeta no fue únicamente el instrumento central de los conciertos. Fue el punto desde el cual la música se organizaba, se dispersaba y volvía a construirse de manera permanente. A veces precisa y luminosa; otras, incandescente, casi inquieta, no dirigía al conjunto mediante la autoridad, sino mediante la energía.
Sarduy no parece interesado en reproducir una fórmula que ya ha sido validada. Ni siquiera la suya.
En su jazz están la herencia cubana, la pulsación latina, la disciplina de una técnica extraordinaria y la libertad de la improvisación. Pero nada de ello aparece como una serie de elementos colocados de manera demostrativa dentro de un repertorio. Son la materia viva de una música que decide lo que va a ser en el mismo instante en que se interpreta.
Esta es, quizá, una de las diferencias entre el virtuosismo y el arte. El virtuosismo te muestra lo que un músico es capaz de hacer. El arte consigue que olvides que, apenas unos segundos antes, aquello parecía imposible.
Carlos Sarduy posee una técnica impresionante, pero no la convierte en un ejercicio de dominio. Su sonido puede ascender hasta el límite de la intensidad sin volverse agresivo y descender hacia la fragilidad sin perder la tensión. Detrás de cada estallido hay control. Sin embargo, detrás del control todavía se percibe el riesgo.
Y el verdadero jazz comienza allí donde el riesgo ya no puede ocultarse.
Los tres conciertos de Recoletos no fueron la repetición del mismo espectáculo ante tres públicos diferentes. Cada noche construyó su propia arquitectura, en función de los músicos presentes en el escenario, de la energía de la sala y de los caminos inesperados abiertos por la improvisación.

Junto a Carlos Sarduy Dimet estuvieron mis amigos Cecilia Krull, Marco Poingt y Frank Durand, en un auténtico festín de jazz. A ellos se sumaron Dany Noel y Reinier Elizarde “El Negrón”.
No fue una simple sucesión de invitados. Cada presencia modificó las relaciones internas de la música.

La voz de Cecilia Krull aportó una tensión diferente, una cercanía entre la claridad y la vulnerabilidad. El piano de Marco Poingt abrió espacios armónicos y rítmicos en los que la energía del conjunto podía expandirse. Frank Durand construyó, mediante la precisión y la movilidad, ese tipo de sostén que no inmoviliza la música, sino que le permite avanzar.
Dany Noel y Reinier Elizarde “El Negrón” aportaron la profundidad rítmica sin la cual la pulsación latina habría corrido el riesgo de quedarse en una simple etiqueta estilística. En su presencia, el ritmo no acompañaba a la música. Se convertía en una de sus formas de pensar.

En el centro de esta construcción, Sarduy no se comportó como un solista rodeado de músicos, sino como un artista que provoca constantemente el diálogo. Sabe ocupar el escenario, pero también retirarse de él. Sabe lanzar una idea y dejarla después en manos de los demás. Escucha antes de responder, y eso se oye.
En los grandes momentos del jazz, la amistad musical no es un detalle biográfico. Se convierte en una forma de composición.
Se escucha en la confianza con la que un músico abandona una frase, sabiendo que otro la continuará. En la manera en que el ritmo se transforma sin que exista una orden visible. En ese segundo casi imperceptible en el que todos parecen comprender que la pieza debe dirigirse hacia otro lugar.
Esta capacidad de crear juntos se encuentra también en la base de mi colaboración con Carlos Sarduy en The AfterSound, el proyecto de jazz y teatro en el que la música no ilustra el texto y el texto no intenta explicar la música.
En The AfterSound buscamos un espacio en el que ambas formas de expresión pudieran enfrentarse y transformarse mutuamente. Carlos comprendió desde el principio que el proyecto no necesitaba una banda sonora, sino una presencia musical autónoma, capaz de construir significado en paralelo con lo que sucedía en escena.
Trabajar con él significa aceptar que la música modificará la estructura que creías conocer.
El texto puede tener una duración, un ritmo y una intención. Pero, cuando entra la trompeta de Carlos Sarduy, todo ello debe permanecer vivo. Una pausa puede prolongarse. Una frase puede adquirir otro peso. Un final puede dejar de ser un final, porque la música abre un nuevo espacio después de la última palabra.
No se trata de una imprevisibilidad gratuita. Es la libertad de un artista que comprende tan bien la construcción que puede permitirse ponerla en peligro.
Las tres noches de Recoletos confirmaron para mí lo que nuestra colaboración artística ya me había mostrado: Carlos Sarduy no interpreta el jazz como si fuera un mundo que ya existe.
Lo construye ante ti.
Lo construye con sonido, silencio, ritmo, memoria y las reacciones de los demás músicos. Después permite que desaparezca con la última nota, sin intentar conservarlo de manera artificial.
Precisamente por eso cada concierto es único. No porque esta sea la promesa habitual de los carteles, sino porque la música improvisada no puede repetirse sin convertirse en otra cosa.
Estuve presente en los tres conciertos de Recoletos Jazz Madrid. Los viví como espectador, como amigo y como compañero de Carlos Sarduy en un proyecto que me ha mostrado hasta qué punto puede cambiar el teatro cuando la música se niega a permanecer en segundo plano.
Durante aquellas noches, Madrid tuvo para mí la verdadera fuerza del jazz: no repitió un mundo que ya existía. Lo construyó ante nosotros y dejó que desapareciera con la última nota.
Pero no antes de cambiar algo en quienes lo escucharon.
Algunas noches terminan. Otras permanecen.
La amistad conserva lo que el escenario no puede repetir.
Andrei Slăvuțeanu
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